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Diario Elffuss · 5 de septiembre de 2026

El día que Nadia se fijó en lo que estaba pegando

Traduce cartas ajenas los martes por la tarde, en el local de una asociación de vecinos. Un requerimiento con el NIE de una vecina le hizo pararse justo antes de pulsar Enter.

IA local · en tu GPU · Apache-2.0local · en el navegador

Nadia tiene sesenta y un años y una mesa plegable en el local de una asociación de vecinos de Vallecas. Los martes por la tarde ayuda a rellenar papeles: renovaciones, citas previas, escritos que llegan redactados en un idioma que no habla nadie. Lleva ocho años haciéndolo y no cobra por ello.

El martes pasado llegó Fatou con un requerimiento del ayuntamiento. Cuatro párrafos sobre el empadronamiento de sus dos hijos, con su nombre completo, su NIE, la dirección del piso y un plazo. Nadia lo entendía; el problema era explicárselo en francés. Así que hizo lo de siempre: seleccionar, copiar, abrir la pestaña del traductor de turno, pegar.

Y ahí se quedó, con el cursor parpadeando. Aquello no era un texto. Era dónde vive una mujer, cómo se llaman sus hijos y el lío en el que está metida. Y Nadia no tenía ni la más remota idea de dónde iba a acabar todo eso al pulsar Enter. No es que sospechara nada. Es que no lo sabía, y no tenía forma de saberlo.

Lo que cambió

Ahora abre Elffuss Translator en el navegador. La primera vez el modelo se descarga y se queda ahí, en su equipo. A partir de entonces traduce sin pedirle permiso a nadie: el texto entra, se procesa en la propia máquina y sale traducido. No hay envío. No es que el envío vaya cifrado o anónimo: no existe.

Hay un efecto secundario que a Nadia le hizo más gracia que la privacidad: la wifi del local es un desastre, se cae cada dos por tres, y ya le da igual. También le da igual la hora que sea y cuántas cartas traduzca. No hay cuenta, no hay cuota, no hay un cartel diciéndole que ha llegado al límite y vuelva mañana. Nadie le pregunta para qué lo quiere.

«Yo no puedo prometerle a Fatou que su carta no acabe en ningún sitio raro. Lo que sí puedo es no mandarla a ninguna parte.»

No va solo de traducir

Es la misma historia en las demás. Code, para quien pega en un chat cualquiera el código de un cliente con las claves dentro. Copiloto, para quien pide ayuda con la carta más difícil de su vida. Claw, para quien ordena notas que no le enseñaría ni a su hermana. En todos esos casos la pregunta no es si el servicio del otro lado es honrado. Es que haya un otro lado.

Por eso las apps de Elffuss corren dentro del navegador, sobre la GPU de quien las usa. No porque quede moderno, sino porque es la única manera de que la promesa se pueda comprobar. Una política de privacidad son cuarenta páginas que hay que creerse. Esto es una propiedad del programa: no hay servidor al que mandar nada. Y el código está publicado, con licencia Apache-2.0, para quien quiera mirarlo.

Nadia no sabe qué es una GPU, ni falta que le hace. Sabe que el martes que viene, cuando llegue otra carta con el nombre de alguien, no va a tener que confiar en nadie.

Abre Elffuss y pruébalo con eso que no le enseñarías a nadie: funciona dentro de tu navegador, en tu propio equipo, y lo que escribas no sube a ninguna parte.

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nada de esto se sube a ningún sitio