Óscar lleva cuatro años dando un taller de empleo en un centro cívico. Doce alumnos, doce ordenadores del aula, dos horas los martes y los jueves. El objetivo del trimestre era modesto y clarísimo: que cada uno saliera de ahí con su currículum escrito y una carta de presentación que no diera vergüenza mandar.
Preparó la clase con una herramienta de IA de las famosas. En su casa iba de maravilla. En el aula duró siete minutos: crea una cuenta para continuar. Y ahí se paró todo. Hacía falta un correo propio (tres alumnos usaban el del hijo o el del marido), un móvil que recibiera el código de verificación (uno lo tenía con la línea cortada) y, en dos casos, una tarjeta para «confirmar que eres humano». De doce, arrancaron cuatro. Los otros ocho se quedaron mirando un formulario.
—Yo no he venido a darme de alta en nada —dijo una de las alumnas—. He venido a escribir mi currículum.
El muro no era la IA. Era el mostrador de la entrada.
Al jueves siguiente Óscar probó Elffuss. Abrió la web en los doce ordenadores, esperó a que el modelo se descargara una vez y a los pocos minutos había doce pestañas escribiendo. Sin registro, sin correo, sin código por SMS. El modelo corre en la propia máquina, dentro del navegador. No hay a quién darse de alta porque no hay nadie al otro lado.
Lo segundo que descubrió llegó a la hora y media, que es cuando en el taller pasan las cosas buenas: nadie se quedó sin turno. No hubo has alcanzado tu límite diario. Youssef escribió su carta en francés y la pasó a español con Translator, en la misma pestaña, sin pedirle permiso a nadie. Repitió el borrador siete veces. En un servicio con cuota, la séptima habría sido la de mañana.
Y lo tercero no lo vio hasta que leyó los textos. Una carta de presentación honesta cuenta cosas que uno no pondría en internet:
- por qué hay cinco años en blanco en el currículum;
- una enfermedad que ya está superada pero explica el hueco;
- un divorcio, una mudanza, un despido que dolió.
Esa gente escribió eso porque estaba en el ordenador del aula y no salía de ahí. No es un detalle sentimental: es la diferencia entre no guardamos tus datos, que es una promesa que alguien te hace, y tus datos no salen del dispositivo, que es simplemente cómo está construida la cosa. Una te obliga a confiar. La otra no te pide que confíes en nada.
Óscar no montó el taller para dar una lección sobre privacidad. Solo quería que doce personas escribieran doce currículums. Pero acabó dándola igual, y sin decir una palabra: la herramienta más respetuosa resultó ser, además, la única que no dejó a nadie fuera en la puerta.
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