Chelo lleva seis habitaciones en una casa de piedra a las afueras de Ribadavia. En agosto contesta correos en cuatro idiomas que no habla: una familia neerlandesa que pregunta si se puede subir con caravana, una francesa que avisa de que es celíaca, un matrimonio italiano que llega de madrugada y quiere saber dónde deja la llave el que cierra.
Un viernes tenía doce correos sin responder. Abrió el traductor de siempre, pegó el primero y le saltó un aviso: «Te quedan 2 traducciones este mes.» Debajo, un botón azul para mejorar el plan.
No era el dinero. Eran nueve euros, o los que fueran. Era que eran las once de la noche, que había que buscar la tarjeta, crear otra cuenta más, aceptar otras condiciones y quedarse con una suscripción que solo iba a usar dos meses al año. Y era, sobre todo, la sensación de estar pidiendo permiso para hacer su propio trabajo.
Un contador es una forma educada de decirte que la herramienta no es tuya
Un martillo no lleva contador. Un diccionario tampoco. Nadie te corta el destornillador a los treinta tornillos para ofrecerte el plan Pro. El contador no mide el desgaste de nada: mide cuánto dependes de alguien que está en otro sitio, y te lo recuerda justo cuando más lo necesitas, que es exactamente cuando más caro se puede cobrar.
«Yo no quería un plan», dice Chelo. «Quería contestarle a la señora que pregunta por el pan sin gluten.»
Y luego está lo que iba dentro de esos correos
No son literatura. Llevan nombres completos, fechas de nacimiento y números de documento, porque una casa rural en España está obligada a registrar a quien duerme en ella. Chelo no había hecho nada raro: simplemente, la manera más rápida de entender un correo en neerlandés pasaba por mandárselo a una empresa que no ha visto en su vida.
Elffuss Translator no arregla eso con una promesa en la letra pequeña. Lo arregla quitando el sitio al que enviarlo. El modelo se descarga una vez y a partir de ahí trabaja dentro de la pestaña, sobre la tarjeta gráfica del propio ordenador. No hay servidor esperando el texto, no hay cuenta que crear, no hay nada que contar. La lista de huéspedes se queda en casa de Chelo, y no por una política de privacidad bien redactada, sino porque no existe ningún camino por el que pueda salir.
Es la misma idea en las cuatro apps. Claw, Code, Translator y el Copiloto no te piden cuenta porque no tienen a quién mandarte, y no llevan cuota porque no están pagando la factura de nadie por ti. Cuando la herramienta vive en tu máquina, las once de la noche de un viernes de agosto son una hora tan buena como cualquier otra.
Chelo contestó los doce correos. Al día siguiente, ya sin contador delante, contestó nueve más.
Abre Elffuss Translator y pega tu primer correo: corre entero dentro del navegador, sobre tu propio equipo, sin cuenta y sin que el texto salga del dispositivo.
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