Amparo preside desde hace tres años la comunidad de su escalera: veintidós puertas, un ascensor que se para entre el tercero y el cuarto y una derrama para arreglarlo de una vez. La administradora le pasó el borrador del acta y ella se sentó a redactar la convocatoria de la junta: el reparto, el plazo, las dos vueltas. Y al final, el punto incómodo, el listado de recibos pendientes. Nombre, piso y letra, cantidad.
Quería que sonara claro y sin mala sangre, que ya hubo bastante en la junta de mayo. Así que hizo lo que haría cualquiera: seleccionó el texto entero y lo copió. Y ahí se quedó, con el dedo encima del botón.
Lo que le frenó no era su intimidad
Amparo no tenía nada que esconder. Lo que tenía en el portapapeles era la vida de otros: el del 2.º B, que se quedó sin trabajo en febrero y lleva cuatro recibos sin pagar; la del ático, que anda con un divorcio y no coge el teléfono. Ella lo sabe porque la eligieron para saberlo, no para contarlo.
Sobre mis cosas decido yo. Sobre las del 2.º B, no.
Aquí está lo que casi nunca se dice cuando se habla de privacidad. La pregunta no suele ser ¿me importa que esto se sepa?, sino ¿tengo yo derecho a enseñarlo?. Casi todo lo delicado que nos pasa por las manos es prestado: el informe de un paciente, la nómina de un empleado, la lista de una comunidad. Nadie nos dio permiso para pegarlo en una caja de texto que va a otro sitio.
Por eso el navegador
Las apps de Elffuss no mandan ese texto a ninguna parte porque no hay ninguna parte. El modelo se descarga a la pestaña y trabaja sobre la GPU del propio ordenador. No hay cuenta que crear, no hay nadie al otro lado, y si desconectas el wifi sigue igual de despierto. Amparo pegó el listado, pidió que le puliera el tono, borró el listado y cerró la pestaña. Fin.
Luego se acordó de Iulian, el del 1.º C, que lleva aquí dos años y con el castellano escrito se pelea. Le pasó la convocatoria por el traductor —la misma convocatoria, con las mismas cantidades— y le dejó la versión en rumano en el buzón. Mismo gesto, misma tranquilidad.
No es que la promesa sea buena. Es que no hay promesa. «No guardamos tus datos» hay que creérselo; «esto no se ha movido de aquí» se comprueba desconectando el cable. Y una herramienta que funciona sin pedirte permiso para nada, sin cuota y sin registro, es sencillamente tuya. Amparo no tuvo que fiarse de nadie, que es la única manera decente de manejar lo que no es tuyo.
Abre Elffuss y pega eso que no subirías a ningún sitio: no hay a dónde subirlo, porque el modelo corre dentro de tu propio navegador.
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