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Diario Elffuss · 16 de septiembre de 2026

Quique traducía el pliego haciendo fotos a su propia pantalla

No podía instalar nada en el ordenador de la empresa y tampoco quería pegar los precios del proveedor en cualquier web. Así que fotografiaba el monitor con el móvil, párrafo a párrafo.

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Quique lleva veinte años en el taller de una carpintería metálica. Desde hace dos, además de las máquinas, le toca el papeleo con los proveedores: un fabricante de herrajes polaco, otro de vidrio en el norte de Italia. Los pliegos llegan en inglés —a veces en un inglés raro, escrito por alguien que tampoco lo tiene como lengua materna— y hay que entender muy bien qué tolerancia pide cada pieza antes de firmar nada.

El ordenador del taller es de la empresa. Tiene lo que sistemas decidió que tuviera hace años, y para instalar cualquier cosa hay que abrir un ticket que pasa por un jefe, por otro jefe y por una hoja de cálculo de compras. Quique lo intentó una vez. Lo dejó.

Así que hacía esto: ponía el pliego en pantalla, sacaba el móvil, fotografiaba el monitor párrafo a párrafo y traducía desde el teléfono. Reflejos, el texto cortado por la mitad, volver a la silla, encajar lo traducido con lo que estaba leyendo. Media mañana para cuatro páginas.

Por qué no copiaba y pegaba, sin más

Se lo preguntamos. La respuesta no era técnica: «ahí dentro están los precios que nos hace el proveedor». Un pliego de condiciones no es un secreto de Estado, pero sí es exactamente el tipo de documento que una empresa no quiere ver pegado en la caja de texto de un sitio del que no sabe nada. Quique intuía eso sin saber explicarlo, y su intuición era buena.

No era miedo a la tecnología. Era que nadie le había dado una forma de usarla sin sacar el papel del taller.

Lo que cambió

Un día abrió Elffuss Translator en el mismo navegador que ya tenía delante. No instaló nada, porque no hay nada que instalar. No creó una cuenta, porque no hay cuentas. Pegó el pliego entero —las cuatro páginas de golpe— y lo leyó en castellano.

La parte que importa: ese texto no viajó a ningún sitio. El modelo se descarga una vez y a partir de ahí trabaja sobre la GPU del propio ordenador, dentro de la pestaña. No hay un servidor al otro lado recibiendo el documento, porque no hay otro lado. Y cuando la conexión del polígono se vuelve a caer, que se cae, sigue funcionando igual.

Quique no tuvo que pedirle permiso a nadie, y es por la misma razón por la que el pliego no salió del taller:

Cuando se lo contó al de sistemas, este hizo la única pregunta que hacía falta: «¿y dónde acaba ese texto?». En ningún sitio. Cierras la pestaña y se acabó.

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